25 de abril de 2009

El TREN



Busca rápidamente la estación donde tiene que bajar, es la línea dos. Faltan cinco estaciones para descender. El cansancio se apodera de ella, se sienta en el piso del vagón, coloca la mochila entre sus piernas, la abraza y recarga su cabeza. Algunos pasajeros la miran mientras ella cae dormida. Un golpe en la cabeza la despierta, alcanzó a ver una persona alejarse por el vagón.

Inconscientemente lo agradece, en la siguiente estación bajará; su mochila sigue intacta, al intentar abrirla se atora el cierre, ha jalado un pedazo de lona, logra abrirla pero sólo un poco, la aprieta lo suficiente para no hacerlo llorar, siente su respiración, está vivo se dice; los demás pasajeros no la dejan de mirar.
Sale del vagón apresuradamente. Camina hacia el túnel izquierdo, sigue avanzando hasta que los ríos de personas que se forman la detienen, sube las escaleras que la conducen a la calle, enfrente está el único árbol a la redonda, ha llegado a la cita.

No ha dejado de ver su reloj, faltan tres minutos, mientras saca de la bolsa derecha del pantalón la pañoleta azul, la coloca en su cuello de forma discreta.

¿A quién buscar? No lo sabe. A ella es a quien buscan.

Faltan dos minutos…

Dos tipos robustos se acercan, las manos le sudan, ¿seguirá vivo?
No olvides que si se muere, te mueres… le aturde, mirando cada paso que dan.

Los tipos se detienen un par de metros antes de llegar a ella; buscaban algo de sombra.

En contra esquina se ha parado un policía, sientes como la mascada te ahorca, te ventilas con la mano, el clima de verano te hace notar normal a los demás.

Han pasado los dos minutos, no sabe qué hacer. No hay más instrucciones.
Por la espala siente su latido, sigue vivo.

Una mujer cargando una mochila se acerca, pelo suelto y pañoleta verde en la muñeca. Es ella.

--¿está vivo? Te pregunta.
—--sí—
Te empiezas a quitar la mochila.

--aquí no pendeja, que no ves a la pinche gente—
--¡no te la quites y acompáñame!— sin asustarte la obedeces.

Caminan escuchando sólo sus pasos, observas su pañoleta en la muñeca ¿traerá un arma?
Ella te observa, en la frente traes un hilo de sangre, tú no lo sabes.

Han caminado varias calles, hasta llegar a la próxima estación.

Por qué mejor no me citó en ésta, lo piensas.

Se para, te detienes mientras ella te pide la mochila, se la intercambian.
–El dinero viene dentro— Te dice.

La operación no dura más de un minuto. Se alejan. Busca la entrada de la estación, no ha volteado a ningún lado, no le interesa saber a dónde fue la otra chica.

Baja tan rápido que le es inevitable chocar con las personas, no pasa otra cosa por su cabeza que el llegar a casa. En la plataforma, las luces del tren se ven al fondo del túnel, se acerca igual de rápido que las personas que están a su lado, pareciese que se multiplican. Todos la miran, todos se miran.

Le asfixia la pañoleta, le asfixian las personas.

El tren ha llegado. Entra buscando un lugar, el más lejano, no los hay. Camina hacia la unión de los trenes para sentarse, está ocupado por una mujer que duerme, la brincas, sin querer le golpeas la sien con el zapato, continuas ágilmente sin voltear, aún buscas un lugar.
No soporta la pañoleta, se la quita mientras llega al otro extremo. Se da cuenta que el tren no la está llevando a casa, bajas en la siguiente estación; no tan aprisa, pues no quieres llamar la atención.

En la calle paras un taxi, subes sin negociar sólo das la dirección
.
El cansancio regresa y duermes, intentas olvidar el rostro de esa mujer, es imposible.
--Ya llegamos señorita—.

Baja dirigiéndose a la casa más cercana; esperando que el taxi se marche, tiemblan sus piernas, cambia de dirección hacia su casa, llega caminando, asegurándose que no la han seguido.

No encuentra las llaves, ¿y si las dejé en la mochila?.
No te preocupes, ella no sabe en donde vives. Piensa.

Busca una piedra, rompe el vidrio y abre; muy bien ya estas dentro, cierra, de ahí no salgas, tienes el suficiente dinero para irte de la ciudad, para cambiarte de nombre, pero no para olvidar lo que has hecho, no para poder combatir esas noches interminables de insomnio, la paranoia espontánea y persistente en cualquier lugar, en la calle, en el metro y en el peor lugar, tu casa.

Ella no quiere estar en su casa, nadie quiere estar en su casa después de lo ocurrido, espera impaciente al día siguiente para poder reparar el vidrio.

No tiene hambre, no tiene sueño, necesita descansar, pensar.
En su recamara se desviste, la mochila la ha dejado en la entrada, no contó el dinero, no es tiempo para eso.
Acostada en su cama todo es silencio, todo lo exterior es silencio, su mente es ruido e imágenes, su mente son chillidos y latidos.

Han pasado algunos minutos, está en el límite del sueño y los ruidos externos.

Alguien merodea fuera de tu casa, está frente a tu puerta, mira extrañada la ventana rota, los vidrios dentro y fuera, saca unas llaves, tú sigues dormida, intentas escapar de la realidad, introduce la llave correcta y entra sigilosamente se dirige a tu habitación, en la bolsa trasera trae un cuchillo o algo parecido, abre la puerta de tu habitación, estás inconsciente, se acerca a ti y te mira, mira tu rostro, tu cuello, tu pecho que no alcanzó a cubrirse con la sabana, saca el cuchillo y lo pone en tu cuello.

--Llegamos… señorita… ya llegamos—
Se despierta.
--¿Está usted bien?, está sudando— Te pregunta el taxista.

--¿Qué?...
Sí, no se preocupe— le responde.

Se baja dirigiéndose a la casa más cercana esperando que el taxi se marche, sus piernas le tiemblan, cambia de dirección hacia su casa, llega caminando asegurándose que no la sigan. Se acerca a su casa mientras busca las llaves, las saca de la bolsa y juega con ellas...
Se detienes súbitamente, han roto su ventana..

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